Damien Rice - Cannonball
Still a little bit of your taste in my mouth
Still a little bit of you laced with my doubt
Still a little hard to say what's going on
Still a little bit of your ghost your witness
Still a little bit of your face I haven't kissed
You step a little closer each day
Still I can't say what's going on
Stones taught me to fly
Love taught me to lie
Life taught me to die
So it's not hard to fall
When you float like a cannonball
Still a little bit of your song in my ear
Still a little bit of your words I long to hear
You step a little closer
To me
So close that I can't see what's going on
Stones taught me to fly
Love taught me to lie
Life taught me to die
So it's not hard to fall
When you float like a cannon
Stones taught me to fly
Love taught me to cry
So come on courage!
Teach me to be shy
'Cause it's not hard to fall
And I don't wanna scare her
It's not hard to fall
And I don't wanna lose
It's not hard to grow
When you know that you just don't know
HAGO COSAS POR DESPECHO
Mi pareja no había querido verme ese día, ni el anterior, ni el anterior, y al final de la tarde había encontrado un plan agradable, pero muy peligroso.
Pero no lo pensé dos veces y me coloqué el vestido de gasa lila que dejaba ver mi ropa interior a juego con el color de mi bolsa roja y de los zapatos.
Llegué al lugar, uno de los mejores restaurantes de la ciudad, con la mejor comida española y una barra con miles de bebidas diferentes. Me hizo esperar mucho tiempo, tanto tiempo para pensar casi dos veces si era correcto ir a cenar con un ex-galán, teniendo a mi hombre dormido en su casa, pero llegó a la mesa antes de que pudiera escaparme. La adrenalina y la consciencia no me dejaban en paz, pero me sentía pasional, feliz y muy, muy halagada.
Habló de sus múltiples y famosos amigos, de las discotecas a las que iba cuando tenía mi edad, de lo bien que le iba en el trabajo y lo ocupado que estaba, que en pocos días se iba a Miami, y hasta me invitó a pasar un verano en Marbella. Cerró el lugar, o más bien mandó a todo el personal a descansar, pues el lugar resultó ser suyo.
Propuso seguir la noche en su casa, con demasiadas promesas de que no pasaría nada, y que no se atrevería a tocarme. Accedí.
Nos subimos en un increíble y último modelo coche rojo, pasamos a mi casa, recogí mi camisón azul de satín que tanto gustaba de quitarme mi pareja y llegamos a su departamento.
Un lugar increíble. Un penthouse de tres pisos, con una terraza y una vista a la ciudad que no tenía precio. Tenía una cava con 200 botellas de vino, con precios inimaginables.
El lugar era impresionante, con mucha luz, minimalista, pocas cosas, lo esencial y muy espacioso, tenía algunos destellos en rojo que lo hacían sofisticado, su cuarto era una gozada, hasta la regadera tenía una increíble vista, y un vestidor en donde entraban mis 200 pares de zapatos y tendría que haber comprado más para llenarlo.
Abrimos una botella ,que costaba más que mi propia vida, en la terraza. La noche era perfecta, no llovía, ni hacia frío, el calor pegaba el mini vestido a mi piel, y las estrellas se veían claras en el cielo.
Y fue así, con media botella de vino en las venas, con los ojos cansados y el camisón de satín azul nos metimos a la cama, yo con la esperanza de dormir y de que no se acercara, él con la fantasía de verme desnuda y de hacerme el amor.
Me hice la dormida esperando, que se durmiera antes que yo. Pero no fue así, por más de cuatro veces intentó tocarme, pensando que yo había caído rendida, hasta que en un ataque de furia y miedo, salí de la cama, busqué mi ropa en el cuarto totalmente a oscuras, cogí mi bolsa, mientras el gritaba que me quedara.
Me fui enojada. Enojada conmigo, por haber cruzado la línea y haber llegado a tanto, por hacer las cosas por despecho, por ser tan caprichosa y no dar tiempo al tiempo.
Y me acordé de él, de mi novio, mi pareja que dormía en su casa, y que estaría soñando conmigo. Me odié, me odié tanto por haber soñado con un coche, un departamento y no con el hombre que tanto gustaba de quitarme el camisón azul de satín.
Pero no lo pensé dos veces y me coloqué el vestido de gasa lila que dejaba ver mi ropa interior a juego con el color de mi bolsa roja y de los zapatos.
Llegué al lugar, uno de los mejores restaurantes de la ciudad, con la mejor comida española y una barra con miles de bebidas diferentes. Me hizo esperar mucho tiempo, tanto tiempo para pensar casi dos veces si era correcto ir a cenar con un ex-galán, teniendo a mi hombre dormido en su casa, pero llegó a la mesa antes de que pudiera escaparme. La adrenalina y la consciencia no me dejaban en paz, pero me sentía pasional, feliz y muy, muy halagada.
Habló de sus múltiples y famosos amigos, de las discotecas a las que iba cuando tenía mi edad, de lo bien que le iba en el trabajo y lo ocupado que estaba, que en pocos días se iba a Miami, y hasta me invitó a pasar un verano en Marbella. Cerró el lugar, o más bien mandó a todo el personal a descansar, pues el lugar resultó ser suyo.
Propuso seguir la noche en su casa, con demasiadas promesas de que no pasaría nada, y que no se atrevería a tocarme. Accedí.
Nos subimos en un increíble y último modelo coche rojo, pasamos a mi casa, recogí mi camisón azul de satín que tanto gustaba de quitarme mi pareja y llegamos a su departamento.
Un lugar increíble. Un penthouse de tres pisos, con una terraza y una vista a la ciudad que no tenía precio. Tenía una cava con 200 botellas de vino, con precios inimaginables.
El lugar era impresionante, con mucha luz, minimalista, pocas cosas, lo esencial y muy espacioso, tenía algunos destellos en rojo que lo hacían sofisticado, su cuarto era una gozada, hasta la regadera tenía una increíble vista, y un vestidor en donde entraban mis 200 pares de zapatos y tendría que haber comprado más para llenarlo.
Abrimos una botella ,que costaba más que mi propia vida, en la terraza. La noche era perfecta, no llovía, ni hacia frío, el calor pegaba el mini vestido a mi piel, y las estrellas se veían claras en el cielo.
Y fue así, con media botella de vino en las venas, con los ojos cansados y el camisón de satín azul nos metimos a la cama, yo con la esperanza de dormir y de que no se acercara, él con la fantasía de verme desnuda y de hacerme el amor.
Me hice la dormida esperando, que se durmiera antes que yo. Pero no fue así, por más de cuatro veces intentó tocarme, pensando que yo había caído rendida, hasta que en un ataque de furia y miedo, salí de la cama, busqué mi ropa en el cuarto totalmente a oscuras, cogí mi bolsa, mientras el gritaba que me quedara.
Me fui enojada. Enojada conmigo, por haber cruzado la línea y haber llegado a tanto, por hacer las cosas por despecho, por ser tan caprichosa y no dar tiempo al tiempo.
Y me acordé de él, de mi novio, mi pareja que dormía en su casa, y que estaría soñando conmigo. Me odié, me odié tanto por haber soñado con un coche, un departamento y no con el hombre que tanto gustaba de quitarme el camisón azul de satín.
Uno, dos y tres.
El único detalle que faltaba era subir la cremallera de la falda.
El público esperaba sentado en sus lugares, y ene l altavoz sonaba la segunda llamada.
El telón estaba cerrado. En los camerinos había un gran alboroto y desde una esquina sentada sobre un cajón observaba la bailaora con su traje azul turqueza de diminutas bolas blancas y volantes en el dobladillo, se colocaba la peineta, con trabajos por el cigarrillo que se consumia en su mano.
El cantaor no estaba listo. Además de que venía borracho de haber bebido a la hora del almuerzo media botella de fino de Jeréz de la Frontera, no había dormido la noche anterior por dormir con una gitanilla de sangre azul principiante que había consegido con una bulería.
Uno, dos y tres, uno, dos y tres, se oyen los clavos en las puntas de los zapatos de tacón de las bailaoras de segundo grado practicando para pronto estar en escena.
Se colocan los músicos en alto. Dos guitarras, un cajón y dos cantaores, una ya empieza a tocar las palmas. Se afinan las guitarras.
"Triana de Maria, desde el Puerto de Santa María", se anuncia en los carteles fuera del teatro. Se levanta del cajón, los volantes del vestido azul turqueza, vuelan con el duende que lleva dentro. Ejercita las manos, mueve las manos con delicadeza dando pequeñas vueltas. Levanta el brazo derecho lo coloca en medio arco, el brazo izquierdo en la cintura. Tercera posición.
"Tercera llamada". Suenan las guitarras. "Comenzamos"
El público esperaba sentado en sus lugares, y ene l altavoz sonaba la segunda llamada.
El telón estaba cerrado. En los camerinos había un gran alboroto y desde una esquina sentada sobre un cajón observaba la bailaora con su traje azul turqueza de diminutas bolas blancas y volantes en el dobladillo, se colocaba la peineta, con trabajos por el cigarrillo que se consumia en su mano.
El cantaor no estaba listo. Además de que venía borracho de haber bebido a la hora del almuerzo media botella de fino de Jeréz de la Frontera, no había dormido la noche anterior por dormir con una gitanilla de sangre azul principiante que había consegido con una bulería.
Uno, dos y tres, uno, dos y tres, se oyen los clavos en las puntas de los zapatos de tacón de las bailaoras de segundo grado practicando para pronto estar en escena.
Se colocan los músicos en alto. Dos guitarras, un cajón y dos cantaores, una ya empieza a tocar las palmas. Se afinan las guitarras.
"Triana de Maria, desde el Puerto de Santa María", se anuncia en los carteles fuera del teatro. Se levanta del cajón, los volantes del vestido azul turqueza, vuelan con el duende que lleva dentro. Ejercita las manos, mueve las manos con delicadeza dando pequeñas vueltas. Levanta el brazo derecho lo coloca en medio arco, el brazo izquierdo en la cintura. Tercera posición.
"Tercera llamada". Suenan las guitarras. "Comenzamos"
RECUERDOS Y NADA MÁS
El atardecer empezaba, y poco a poco caía el Sol, se sentía ese olor especial, ese sentimiento diferente que tienen esos días cuando sabes que se acaba la tarde y empieza la noche, esas dos horas en las que el cielo es rojo, el aire es seco y el ambiente es pesado.
Yo, estaba esperándole. Esperaba a aquel hombre que inesperadamente y sin ningún tipo de aviso llegó a mi vida y se atrevió a ser uno de esos personaje que interpretan una serie de cuentos y que ya llevan un largo historial. Que ha vivido tantas cosas, tantas experiencias, que me atrevía a asentir que una nueva experiencia para él era innecesaria.
Había sido malo, había tratado muy mal a muchas personas, era uno de esos hombres que no se atrevió a sentir por ninguna mujer. Las había dejado por puro aburrimiento, había jugado con cada una de ellas, las había usado. Solo había aprendido a querer a una, sólo a una.
Definía al macho mexicano, este hombre prepotente y misógino. Ojos obscuros, pelo crespo, y la piel muy morena, era grande y muy alto. De familia muy tradicional, y con una gran tradición de políticos. Vestía un traje sastre negro, camisa blanca y corbata roja.
-Perdona, llegue tarde, me dijo él.
-No vamos a llegar a tiempo, y yo no se llegar a este lugar, anda súbete al coche, le dije yo.
El camino fue largo, íbamos hacia un lugar desconocido para mí, un lugar fuera de la ciudad, era nuestro día de descanso. Nos esperaba un día y una noche larga, y apenas caía el atardecer.
Nuestras conversaciones eran largas y muy entretenidas, nuestros temas muy profundos, nos gustaba retar el uno al otro, siempre ganar a ser el mejor, demostrar nuestra inteligencia y hacer creer que el otro no era interesante, siempre con nuestro orgullo y dignidad por delante.
Fue eso lo que lo mantuvo a mi lado, y que hizo que no se atreviera a lastimarme, se dió cuenta que yo era una de las pocas mujeres que no iba a caer en su juego y que no era sólo una rubia tonta, si no una rubia con fuerza, dignidad y pensante.
Creí que nuestra relación se acabaría por nuestro orgullo mutuo, en realidad no fue así.
Lo conocí en aquellas ocasiones extrañas. Por terceras personas, de las cuales al final resulto ser un conocido de aquel conocido, que era amigo de mi hermano, que conoció por mi primo, porque jugaban fútbol en aquel club deportivo. Un desconocido.
Yo no le hice mucho caso, estábamos en una boda, me puse uno de esos vestidos que te hacen ver bien y quedar bien. A él no lo recuerdo. Baile toda la noche. Hice la noche. Estuve con un amigo suyo, la persona que nos presentó. Coqueteamos su amigo y yo, mientras él me ofrecía de vez en cuando algo de tomar. Y así paso la noche, yo me atreví a darle mi teléfono a cualquiera que se presentara a bailar conmigo.
Pasó la hora, el día, y la semana. Ninguno llamó. En realidad no esperaba ninguna de las llamadas. Sólo había sido una de esas maravillosas noches, con hombres muy atractivos.
-Bueno
-Hola ¿Fernanda?
-Si, soy yo, ¿Quién habla?
-Hola Fernanda, soy yo, Miguel, el de la boda de Cuernavaca.
-Miguel, ¿ Cómo estás?
-Nada aquí sin nada que hacer, recuerdas que quedamos para comer.
En realidad yo no recordaba nada, vagamente me acordaba de él, no tenía noción del tiempo de aquel día y mucho menos de haber quedado a comer con nadie. Pero mi vacante estaba vacía, había terminado con mi ex novio, y de todos los hombres de aquella noche, había sido el único que se había atrevido a llamar. En resumen: nada que perder.
-Claro, contesté yo.
-Creo que te voy a cambiar la comida, por algún bar hoy, ¿Estás ocupada? Vienen algunos amigos.
Un bar, por la noche, hoy y con sus amigos. Sonaba bien, algunas copas, no tenía que sentarme con él toda una tarde, y sus amigos hacían de esto algo más informal. Era un plan perfecto para un desconocido.
-Perfecto a las 9 estoy lista, ¿te parece bien?
Llegó temprano, y aunque no era muy atractivo se veía muy bien. Yo venía de un día largo, de trabajar en el pequeño restaurante en el cual era recepcionista, y además había tenido clases por la mañana, era de aquellos días que no había ni pensado que ponerme, encontré alguna camiseta y p use una falda de color rojo, , solo para llamar su atención.
Sus amigos me incluyeron rápidamente en el grupo, y aunque sabían que era nuestra primera cita, todos se portaron bien conmigo. Él fue de aquellas personas con las que me hubiera podio quedar hablando las horas enteras, nuestras conversaciones tenían sentido, respetaba mis puntos de vista, aunque no estuviera de acuerdo, y me debatía con diferentes argumentos-
No fue una noche mágica, ni fue de las mejores citas, tampoco me gustó acabada la noche, ni voy a mentir diciendo que era un príncipe azul, y que estaba vuelto loco por mí. Era un tipo normal.
No esperaba su llamada al siguiente día, pero me llamó.
Y así poco a poco lo empecé a conocer, era totalmente diferente a mí, pero tenía metas parecidas a las mías. Y quería crecer demasiado, en exceso.
Un día tras otro, nos encontrábamos, no dejó de llamarme y buscaba la manera de hacerme feliz. Encontraba la cita perfecta para una mujer como yo. Siempre buscaba la manera de tenerme contenta, se fueron dando las cosas poco a poco y sin darme cuenta estaba con él.
-Tenme miedo Miguel, le dije yo.
-De qué me hablas.
-Ten miedo, porque vas a acabar enamorado de mi, tan enamorado que llorarás el día que te deje.
-Los hombres no lloran, y quien dijo que me ibas a dejar tú a mí.
Siempre fue una persona muy técnica, y yo la mística de la relación. Hacíamos una mancuerna perfecta, sin darnos cuenta que nos lastimábamos uno al otro Mis amigos me advertían que no era para mí, que era aquella persona que no iba a poder olvidar. Pero mis oídos se hicieron necios y me fui abriendo poco a poco, dando lo mejor de mí.
Llegó el día que dormimos juntos. Fue tan especial, dormir toda la noche, sabiendo que al despertar me iba a encontrar con una sonrisa en la boca y un hombre a mi lado. Y así poco a poco nuestra relación se solidifíco, dependíamos uno del otro, dependíamos de la felicidad del otro.
Sin darse cuenta y sin decírmelo, me empezó a amar. Cómo no lo había hecho en su vida, a pesar de haber estado con demasiadas mujer, por mí sentía cosas que no había sentido nunca, y aunque no lo amaba como él a mí, el cariño era demasiado.
Hasta que llegaron los problemas. Su forma de hacer las cosas me empezó a molestar, su machísmo, su orgullo, la manera en que creía que solo era suya, sus celos inmoderados, la manera en que me hablaba, su poco tacto y sus muchos besos.
Y así en medio de una pelea, y sin querer lo dejé. Como estaba escrito, lo dejé. Y cómo no había imaginado lloró. Y me rogó. Y volvió, y no quería creer que se había acabado. Que las flores ya no tenían que llegar a mi casa, las Acapulcos de todas las semanas, ya no tenían sentido.
Me causó varios problemas con mis siguientes parejas. Le armaba bronca a cualquiera que estuviera conmigo, y seguía soñando que algún día regresaríamos.
Lo vi hace algunos meses, después de un año y medio de no saber de él, estuvimos casi cuatro horas platicando, había bajado mucho de peso, y había pasado una vida dura, todo había cambiado, tenía un buen trabajo y había dejado la política, ya no fumaba, y no tomaba en exceso, había cambiado tanto. Casi todo, casi todo, menos la manera de tratar de besarme, y los celos de que alguien se me acercara. Volvimos a lo mismo, seguía siendo el mismísimo macho.
Yo, estaba esperándole. Esperaba a aquel hombre que inesperadamente y sin ningún tipo de aviso llegó a mi vida y se atrevió a ser uno de esos personaje que interpretan una serie de cuentos y que ya llevan un largo historial. Que ha vivido tantas cosas, tantas experiencias, que me atrevía a asentir que una nueva experiencia para él era innecesaria.
Había sido malo, había tratado muy mal a muchas personas, era uno de esos hombres que no se atrevió a sentir por ninguna mujer. Las había dejado por puro aburrimiento, había jugado con cada una de ellas, las había usado. Solo había aprendido a querer a una, sólo a una.
Definía al macho mexicano, este hombre prepotente y misógino. Ojos obscuros, pelo crespo, y la piel muy morena, era grande y muy alto. De familia muy tradicional, y con una gran tradición de políticos. Vestía un traje sastre negro, camisa blanca y corbata roja.
-Perdona, llegue tarde, me dijo él.
-No vamos a llegar a tiempo, y yo no se llegar a este lugar, anda súbete al coche, le dije yo.
El camino fue largo, íbamos hacia un lugar desconocido para mí, un lugar fuera de la ciudad, era nuestro día de descanso. Nos esperaba un día y una noche larga, y apenas caía el atardecer.
Nuestras conversaciones eran largas y muy entretenidas, nuestros temas muy profundos, nos gustaba retar el uno al otro, siempre ganar a ser el mejor, demostrar nuestra inteligencia y hacer creer que el otro no era interesante, siempre con nuestro orgullo y dignidad por delante.
Fue eso lo que lo mantuvo a mi lado, y que hizo que no se atreviera a lastimarme, se dió cuenta que yo era una de las pocas mujeres que no iba a caer en su juego y que no era sólo una rubia tonta, si no una rubia con fuerza, dignidad y pensante.
Creí que nuestra relación se acabaría por nuestro orgullo mutuo, en realidad no fue así.
Lo conocí en aquellas ocasiones extrañas. Por terceras personas, de las cuales al final resulto ser un conocido de aquel conocido, que era amigo de mi hermano, que conoció por mi primo, porque jugaban fútbol en aquel club deportivo. Un desconocido.
Yo no le hice mucho caso, estábamos en una boda, me puse uno de esos vestidos que te hacen ver bien y quedar bien. A él no lo recuerdo. Baile toda la noche. Hice la noche. Estuve con un amigo suyo, la persona que nos presentó. Coqueteamos su amigo y yo, mientras él me ofrecía de vez en cuando algo de tomar. Y así paso la noche, yo me atreví a darle mi teléfono a cualquiera que se presentara a bailar conmigo.
Pasó la hora, el día, y la semana. Ninguno llamó. En realidad no esperaba ninguna de las llamadas. Sólo había sido una de esas maravillosas noches, con hombres muy atractivos.
-Bueno
-Hola ¿Fernanda?
-Si, soy yo, ¿Quién habla?
-Hola Fernanda, soy yo, Miguel, el de la boda de Cuernavaca.
-Miguel, ¿ Cómo estás?
-Nada aquí sin nada que hacer, recuerdas que quedamos para comer.
En realidad yo no recordaba nada, vagamente me acordaba de él, no tenía noción del tiempo de aquel día y mucho menos de haber quedado a comer con nadie. Pero mi vacante estaba vacía, había terminado con mi ex novio, y de todos los hombres de aquella noche, había sido el único que se había atrevido a llamar. En resumen: nada que perder.
-Claro, contesté yo.
-Creo que te voy a cambiar la comida, por algún bar hoy, ¿Estás ocupada? Vienen algunos amigos.
Un bar, por la noche, hoy y con sus amigos. Sonaba bien, algunas copas, no tenía que sentarme con él toda una tarde, y sus amigos hacían de esto algo más informal. Era un plan perfecto para un desconocido.
-Perfecto a las 9 estoy lista, ¿te parece bien?
Llegó temprano, y aunque no era muy atractivo se veía muy bien. Yo venía de un día largo, de trabajar en el pequeño restaurante en el cual era recepcionista, y además había tenido clases por la mañana, era de aquellos días que no había ni pensado que ponerme, encontré alguna camiseta y p use una falda de color rojo, , solo para llamar su atención.
Sus amigos me incluyeron rápidamente en el grupo, y aunque sabían que era nuestra primera cita, todos se portaron bien conmigo. Él fue de aquellas personas con las que me hubiera podio quedar hablando las horas enteras, nuestras conversaciones tenían sentido, respetaba mis puntos de vista, aunque no estuviera de acuerdo, y me debatía con diferentes argumentos-
No fue una noche mágica, ni fue de las mejores citas, tampoco me gustó acabada la noche, ni voy a mentir diciendo que era un príncipe azul, y que estaba vuelto loco por mí. Era un tipo normal.
No esperaba su llamada al siguiente día, pero me llamó.
Y así poco a poco lo empecé a conocer, era totalmente diferente a mí, pero tenía metas parecidas a las mías. Y quería crecer demasiado, en exceso.
Un día tras otro, nos encontrábamos, no dejó de llamarme y buscaba la manera de hacerme feliz. Encontraba la cita perfecta para una mujer como yo. Siempre buscaba la manera de tenerme contenta, se fueron dando las cosas poco a poco y sin darme cuenta estaba con él.
-Tenme miedo Miguel, le dije yo.
-De qué me hablas.
-Ten miedo, porque vas a acabar enamorado de mi, tan enamorado que llorarás el día que te deje.
-Los hombres no lloran, y quien dijo que me ibas a dejar tú a mí.
Siempre fue una persona muy técnica, y yo la mística de la relación. Hacíamos una mancuerna perfecta, sin darnos cuenta que nos lastimábamos uno al otro Mis amigos me advertían que no era para mí, que era aquella persona que no iba a poder olvidar. Pero mis oídos se hicieron necios y me fui abriendo poco a poco, dando lo mejor de mí.
Llegó el día que dormimos juntos. Fue tan especial, dormir toda la noche, sabiendo que al despertar me iba a encontrar con una sonrisa en la boca y un hombre a mi lado. Y así poco a poco nuestra relación se solidifíco, dependíamos uno del otro, dependíamos de la felicidad del otro.
Sin darse cuenta y sin decírmelo, me empezó a amar. Cómo no lo había hecho en su vida, a pesar de haber estado con demasiadas mujer, por mí sentía cosas que no había sentido nunca, y aunque no lo amaba como él a mí, el cariño era demasiado.
Hasta que llegaron los problemas. Su forma de hacer las cosas me empezó a molestar, su machísmo, su orgullo, la manera en que creía que solo era suya, sus celos inmoderados, la manera en que me hablaba, su poco tacto y sus muchos besos.
Y así en medio de una pelea, y sin querer lo dejé. Como estaba escrito, lo dejé. Y cómo no había imaginado lloró. Y me rogó. Y volvió, y no quería creer que se había acabado. Que las flores ya no tenían que llegar a mi casa, las Acapulcos de todas las semanas, ya no tenían sentido.
Me causó varios problemas con mis siguientes parejas. Le armaba bronca a cualquiera que estuviera conmigo, y seguía soñando que algún día regresaríamos.
Lo vi hace algunos meses, después de un año y medio de no saber de él, estuvimos casi cuatro horas platicando, había bajado mucho de peso, y había pasado una vida dura, todo había cambiado, tenía un buen trabajo y había dejado la política, ya no fumaba, y no tomaba en exceso, había cambiado tanto. Casi todo, casi todo, menos la manera de tratar de besarme, y los celos de que alguien se me acercara. Volvimos a lo mismo, seguía siendo el mismísimo macho.
PUEDO ESCRIBIR LOS VERSOS MÁS TRISTES ESTA NOCHE
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: "que me arrepiento de decir cosas que sentía y que no debía decirlas." Puedo escribir los versos más tristes esta noche, porque yo lo quiero y él también me queria.
En las noches como esta me tuvo entre sus brazos.
En su cama, y en su cuarto, me besó tantas veces que pensé que los besos no se acabarían.
Que el cielo está estrellado, que llovió por la tarde, y que tenía tanta ilusión de que hoy salieran las cosas bien.
Que el cielo está estrellado, que llovió por la tarde, y que tenía tanta ilusión de que hoy salieran las cosas bien.
Que no quería oírlo aunque sabia que diría que me quería.
Puedo escribir los veros más tristes esta noche.
A lo lejos se aleja con un pequeño beso de despedia, y dejándome con gotas de sal en la mejilla.
Lo quiero, es cierto, y cuánto lo quiero.
Mi oído busca su voz, cómo su boca busca mi ombligo.
Porque en noche como ésta me tuvo entre sus brazos,
mi ser no se contenta con haberlo perdido.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche, puedo escribir cosas tan tristes este noche...
Recibí un mail:
Hey princess
Encontré estas fotos y me recordaron a tí, ¿porque será? jajaja
See you tomorrow.


Fue enviado por mi director, el único que me saca mis mejores ángulos. te quiero MEMO, my future boy!
Encontré estas fotos y me recordaron a tí, ¿porque será? jajaja
See you tomorrow.


Fue enviado por mi director, el único que me saca mis mejores ángulos. te quiero MEMO, my future boy!
LA NIÑA REÍA
Procuraba no mover los labios demasiado aunque sentía la resequedad en la boca. Llevaba poco más de diez minutos sentada y estaba nerviosa. Estaba nerviosa. Sentía pánico de las sillas de metal con publicidad de Corona, de los hombres jugando dominó a su lado, y de la mesera con la falda tan corta, tan corta, tan corta que las piernas se le veían enormes. Llevaba un traje sastre. Color marrón. Con una camisa blanca y unos tacones de aguja que dejaban los dedos del pie y las uñas pintadas de rojo al descubierto, Llevaba poco más de diez minutos esperando.
Sacó de su bolsa una grabadora pequeñita, un poco para perder el tiempo, y otro poco para desviar las miradas de los vecinos de mesa, había pedido una Coca-Cola. Llegó la mesera, colocó la bebida y debajo de la falda sacó un par de servilletas.
Procuraba no mover los labios, pero entre sus cosas había olvidado en el coche la pomada que le quitaba la resequedad. Bebió la Coca-Cola.
Se sentó a su lado. Un hombre con grandes barbas, con un olor a sudor de varios días y con camisa a cuadros rojos. Se sentó a su lado: “Dicen que me buscas, muñeca”. Y el “muñeca” le sonó salado y lujurioso, precoz e impertinente.
“Vengo a llevármela”, contestó aquella “muñeca” de ojos verdes y traje sastre, con un poco de miedo en la voz y porque no, también un poco de impertinencia.
Él se paró de la silla. Su enorme cuerpo y la camisa a cuadros rojos no dejaban ver la puerta de salida. Ella no sintió miedo, sintió pánico, pánico de quedarse encerrada y de quedar con la vagina destrozada y el recuerdo de sudor a varios días. Sintió pánico.
Salió con el bebé en brazos. Una criatura pequeñita y sin pecado concebido, con apenas una cobija por encima y los pies al aire libre. Sonreía. Sonreía y no lloraba.
Se levantó al verla, dejó la grabadora, el bolso, y la Coca-Cola, y se levantó a mirarla. La había buscado tanto y no se atrevía a tocarla. Tan pequeñita y tan frágil, parecía que apenas respiraba. Y la tocó. Le tocó los labios y la cara, los pies y las manos, no podía dejarla. Reía, la niña reía. Tranquila levantó la mirada y juró llevársela.
El hombre de barbas grandes y de rojos cuadros en la camisa la alejó de ella. Él también había jurado llevársela. Le entregó el bebé a la mesera de corta falda y servilletas en la pantorrilla, y miró al suelo. “Todo tiene un precio”, dijo, y no tenía fuerzas para mirar a la “muñeca” a la cara.
Llevaba varios días sin comer, había vuelto a casa de su madre con una bebé en brazos, y con la vagina destrozada. La niña reía. Se dirigió a la policía. La grabadora era su aliada y su único testigo. En realidad no serviría de nada. La niña no tenía la culpa, y para ella su padre, el hombre de grandes barbas que había destrozado la vagina de su madre, habría muerto en alguna batalla.
Pero como él había jurado llevársela, ella había jurado venganza.
Sacó de su bolsa una grabadora pequeñita, un poco para perder el tiempo, y otro poco para desviar las miradas de los vecinos de mesa, había pedido una Coca-Cola. Llegó la mesera, colocó la bebida y debajo de la falda sacó un par de servilletas.
Procuraba no mover los labios, pero entre sus cosas había olvidado en el coche la pomada que le quitaba la resequedad. Bebió la Coca-Cola.
Se sentó a su lado. Un hombre con grandes barbas, con un olor a sudor de varios días y con camisa a cuadros rojos. Se sentó a su lado: “Dicen que me buscas, muñeca”. Y el “muñeca” le sonó salado y lujurioso, precoz e impertinente.
“Vengo a llevármela”, contestó aquella “muñeca” de ojos verdes y traje sastre, con un poco de miedo en la voz y porque no, también un poco de impertinencia.
Él se paró de la silla. Su enorme cuerpo y la camisa a cuadros rojos no dejaban ver la puerta de salida. Ella no sintió miedo, sintió pánico, pánico de quedarse encerrada y de quedar con la vagina destrozada y el recuerdo de sudor a varios días. Sintió pánico.
Salió con el bebé en brazos. Una criatura pequeñita y sin pecado concebido, con apenas una cobija por encima y los pies al aire libre. Sonreía. Sonreía y no lloraba.
Se levantó al verla, dejó la grabadora, el bolso, y la Coca-Cola, y se levantó a mirarla. La había buscado tanto y no se atrevía a tocarla. Tan pequeñita y tan frágil, parecía que apenas respiraba. Y la tocó. Le tocó los labios y la cara, los pies y las manos, no podía dejarla. Reía, la niña reía. Tranquila levantó la mirada y juró llevársela.
El hombre de barbas grandes y de rojos cuadros en la camisa la alejó de ella. Él también había jurado llevársela. Le entregó el bebé a la mesera de corta falda y servilletas en la pantorrilla, y miró al suelo. “Todo tiene un precio”, dijo, y no tenía fuerzas para mirar a la “muñeca” a la cara.
Llevaba varios días sin comer, había vuelto a casa de su madre con una bebé en brazos, y con la vagina destrozada. La niña reía. Se dirigió a la policía. La grabadora era su aliada y su único testigo. En realidad no serviría de nada. La niña no tenía la culpa, y para ella su padre, el hombre de grandes barbas que había destrozado la vagina de su madre, habría muerto en alguna batalla.
Pero como él había jurado llevársela, ella había jurado venganza.
PORNOGRAFÍA MAL COLOCADA
Sentada frente al pupitre descruzó las piernas. A sus quince años ya había visto más pornografía que todos los niños de su clase. Se reestiró en la silla y volteó a ver a su noviecillo que tenía voz de niña, y al que todavía no le salía la barba . Apenas y se daban algún beso cuando él tomaba de más y se atrevía a tocar sus labios. En realidad no lo quería, pero era una niña muy popular y estaba de moda tener algún novio.
Entró el profesor. Con cuadernos en mano y muy agitado se sentó en su escritorio, ni siquiera la volteaba a ver, entre 40 alumnos no la había notado.
Pero Camila abrió las piernas, en realidad ya se había imaginado dándole un beso y tocando su espalda, lo único que se imaginaba era su espalda, fuerte y grande, con la que podía abrazarla toda, con la que podía protegerla toda.
Empezó tomando lista. Camila ya se había puesto a imaginar. Con la mano de su novio sobre la suya, se había visto desnuda, con sus pequeños pechos enfrente de su profesor, empezaba ya a sentir algo entre sus piernas, sabía que algún día la notaria.
No hacía mas que mirarle, todo lo que decía le parecía tonto, pues no dejaba de verlo, de admirarlo.
Fue entonces cuando deseó ser una de las tantas chicas que actuaban en esas películas para adultos, volteó a ver a su novio y apretó su mano, esa noche Camila perdería su virginidad pensando en su profesor.
él no lo sabe pero me ilusiona mucho verlo.
él no lo sabe pero mi panza está llena de mariposas cuando me toca.
él no lo sabe pero lo admiro demasiado.
él no lo sabe pero cada vez que me besa, se queda conmigo.
él no lo sabe pero me encanta observarlo.
él no lo sabe pero pienso en él cuando no está.
él no lo sabe pero sus labios me vuelven loca.
él no lo sabe pero me estoy clavando con todo esto.
él no lo sabe pero su risa es divina.
él no lo sabe pero de verdad me encanta.
Tenme miedo, que te vas a terminar enamorando de mí.
ROSARIO
La falda le llegaba un poco más arriba de la rodilla.
Sus zapatos median exactamente once centímetros de tacón.
Las medias de red tenían un hoyo en la pantorrilla derecha.
El escote de su camiseta negra mostraba un sujetador rojo con encaje.
Sentada frente al parque, lloraba. Lloraba sola, con las manos en la cara, y el rimmel corriendo por sus mejillas.
Nadie se detenía a consolarla, eran las once de la noche, y era un elemento más del paisaje de la ciudad.
Se levantó secándose la cara y caminó por la avenida. Sacó un espejo, y volvió a pintarse las pestañas. Estaba lista.
Llegó a su semáforo. Se recargó sacando el pecho, y cruzó la pierna de manera que se tensaran sus músculos.
Paró un coche, y se subió en él.
Quizá esta vez no tendría que llorar.
Quizá esta vez no le pegarían.
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